QUIERO SEGUIR SOÑANDO
Me dejé llevar por una sensación, que terminó siendo mi vida. Me dejé llevar por una pasión que terminó envuelta en un abrazo. Y ahí estabas tú.
Siguiendo tu guión de mujer desconcertante, quisiste que nos encontráramos en el restaurante. Quizá pensaste que la sorpresa de tu súbita presencia seria mayor.
Había reservado una mesa en un restaurante cerca del mar. El aroma del salado mediterráneo, se colaba por los rincones de una mesa que te esperaba. Mis dedos jugaban con una copa de vino blanco, cuando sin saber porque, levanté la vista para verte entrar.
No caminabas. Flotabas. Te balanceabas coquetamente y el suelo parecía que se despegara de tus pies. Creo que ninguna de las personas que estaba en el restaurante dejó de admirarte al entrar. Y tu viniste, coquetamente, graciosamente a donde yo estaba.
Me levanté de la silla, aunque juraría que te observaba desde las nubes, y te abracé. Te hice mía en un abrazo que consiguió parar el tiempo. Te miré; me sonreíste y nos dimos dos besos de amigos en las mejillas.
Tan solo pude balbucear, que guapa que estabas.
Tu sonreíste, con esa sonrisa picara que te identifica y quisiste que te lo volviera a reafirmar con un “- ¿Tu crees?”.
Llevabas una blusa negra, dejando uno de tus hombros al descubierto. Se intuía debajo de ella, esa prenda tan intima que sujetaba tus pechos. Tu cabello negro, más negro que la más oscura noche, se deslizaba por tu espalda, suelto, al viento. Ibas divinamente maquillada, con todo ese toque de feminidad y coquetería que sabes que dominas. Te sentaste. Sonreíste. Inclinaste la cabeza hacia la derecha mostrándome esa sonrisa que sabes que me enamora.
“-Tu también estas guapo”
-“Menos que tu, ya lo sabes”
El camarero nos trajo las cartas, mientras yo llenaba tu copa de vino. Hicimos un brindis.
Me miraste a los ojos, mientras decías, “-Por nosotros”.
Sin dejar de observarte, te dije, -“Por ti cielo, por ti”.
Abriste la carta, y le diste un vistazo rápido.
“-¿Qué te vas a pedir?”, preguntaste, esperando que te ayudara a decidir.
“-¿Te apetece que pidamos algo de picar, unas navajas, unos berberechos y después una paella?”.
“-Vale, mola”
Hicimos una seña al camarero que nos tomó rápidamente nota.
Me sentía observado, hasta admirado, y quizás algo envidiado. No por mí, sino por ti.
Te cogí la mano, y dulcemente empecé a acariciarte tus dedos. Tú me mirabas, sonreías. Tus ojos brillaban. Sabias que tenías delante de ti, a una persona que pararía el mundo, si tú se lo pidieras. Sabias que no recordabas cuando te habían mirado así. Sabias que estabas paseando por las nubes. Pero aun no sabias que siempre se puede esperar algo más.
Comimos, bebimos, reímos, nos miramos, jugueteamos con las manos, bromeamos. No nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado solos en el restaurante. El mundo se hizo invisible para nosotros dos. Nuestra mesa había conseguido levitar y nosotros con ella.
Pedí la cuenta y el camarero nos invitó a unos licores. Brindamos sin decir por que, porque los dos sabíamos lo que estábamos diciendo con un toque de cristal.
Salimos del restaurante, y nos pusimos a pasear por la avenida que hay frente a la playa.
Era de noche. Pero no me había dado cuenta. El tiempo seguía detenido.
Como si fuese un nómada que busca su oasis, su tierra prometida, te abrace por encima de los hombros. Tú pusiste tu mano en mi cintura. Y me prometí a mi mismo que no dejaría que te escaparas.El mar estaba en calma. No se si habían estrellas en el cielo, porque tan solo podía contemplarte a ti. El reflejo de la luna en el mar, daba a la noche, al lugar, la imagen de una típica postal. Te apoyaste un momento en una barandilla, para preguntarme en si me había fijado en el reflejo del agua.
Te abracé por la espalda, y apoye mi cabeza sobre la tuya. Mis labios besaban tu pelo mientras hacia comentarios absurdos sobre la cena.
Soltaste una de esas carcajadas que tanto te identifican, cuando te giraste.
Puse mis manos en tus mejillas y te besé. Un ligero roce de labios. Muy suave.
Me miraste. Sonreíste. Y esta vez me besaste tú a mí.
La primera barrera había caído.
Con mi mano derecha empecé a apartarte tu melena, aprovechando para acariciarte tu carita de niña coqueta, y como un naufrago sediento de agua me abalancé sobre tus labios que tenias ligeramente abiertos.
No podré jamás saber cuantos pequeños besos nos dimos, cuantos dulces sabores se mezclaron entre nosotros. Pero la pasión no se puede detener, ni cuando la luna deja de brillar. Con dulzura, como si evitara hacerles daño, mi lengua empezó a recorrer tus labios. La tuya, juguetona igual que la mía, seguía caminos parecidos.
“-Me gustan tus labios, Topo Giggio”
Tu sonreíste y me dijiste, “- O sea, los míos o los de Topo Giggio”
Exclamé una carcajada que estoy seguro que resonó a centenares de kilómetros de distancia. Te volví a abrazar a mi pecho y te pedí por favor que no te movieras. Me fije que no había estrellas en el cielo. La única que había, estaba en mis brazos. Tú te apartaste un poco, para poder contemplar el mar, mientras seguías abrazada a mí.
Las noches primaverales, pueden traer algo de aire, y una ligera brisa salada nos llegó de golpe.
“-Huy, tengo frio ahora”, dijiste mientras yo te abrazaba más fuerte.
-“Yo te abrigo, cariño”
-“Vamos a otro sitio”
-“Vale tesoro. Ven.”
No te pregunté a donde querías ir. No te pregunté a donde te apetecería ir. Tan solo cogí tu mano, como si fuésemos una pareja más de enamorados y empezamos a caminar por el paseo marítimo. La soledad de la arena, se vio de pronto interrumpida por los modernos edificios hoteleros. Escogí uno ligeramente al azar, y entramos en el.
Pedí una habitación y una botella de buen cava.
Tú te dejabas llevar. No tenías nada previsto. Pero la magia que los dos transmitíamos, se había apoderado de todo el espacio.
En el ascensor, volví de nuevo a darte un beso. Un beso de esos que se califican de película. Un beso de esos que se hace eterno, único y mágico. El ascensor se paró en la planta 19, mientras nosotros seguíamos unidos labio a labio.
“-Hey tío, que se ha parado ya”, exclamaste.
Entramos en la habitación, y te fuiste al baño. En segundos alguien llamó a la puerta. Un camarero sudamericano nos trajo una botella de cava.
Me quite la americana y abrí la botella. Saliste del baño y me encontraste a mí con dos copas de cava en la mano esperándote.
Te ofrecí una copa, mientras te dije: “-Porque esta noche no termine nunca”
Sonreíste, bebiste y como haciéndote de rogar, cogiste la copa y te fuiste hacia las ventanas a contemplar la ciudad desde las alturas.Yo me acerqué a ti por la espalda. Te abracé. Y aparté parte de tu melena para que tu cuello quedara al descubierto.
Mojé mis dedos en la copa de cava, y los paseé por tu nuca. Quería saber como sabe el cava mezclado con tu piel. Tu tan solo decías que te hacia cosquillas. Pero te dejabas llevar. Mis labios recorrieron todo tu cuello subieron hasta tu oreja que mordisqueé con delicadeza.
Tu te giraste, “-¿me vas a comer?” me preguntaste con una sonrisa.
“-Entera, completamente, hasta que me sacie de ti”
“-Ja, ja, pues con lo gorda que estoy tendrás para rato”
Bebí un largo sorbo de cava, y dejé mi copa en una mesilla que estaba al lado. Me acerqué de nuevo a ti, y te abracé. Te pedí de nuevo que no te movieras. Tú apoyabas tu cabeza en mi pecho y yo dejaba que mis labios una vez más se pasearan por tu melena.
Te aparté, y busqué tus labios. Eran ya mis labios. Eran nuestros labios. Tus manos empezaron a desabrocharme la camisa, mientras yo incliné mi cabeza hacia atrás, como rindiéndome a ti, a tus manos. Mi pecho ardía. Lo acariciaste, me miraste y sonreíste una vez más.
Sabias que tu sonrisa me enamora, me desarma, me aniquila. Tus labios empezaron a besar mis pezones, mi depilado pecho, mientras mis manos intentaban quitarte tu blusa.
Me ayudaste y con un movimiento de tus brazos tu blusa voló por los aires igual que mi camisa.
Por primera vez mis ojos recorrieron lo que siempre se habían imaginado. El contorno de tus pechos. Mis manos temblaban.
Te volví a abrazar de nuevo. Pero te pedí que cerraras los ojos y me dejaras a mí. Quería adorarte, quería desnudarte, quería amarte. Mis labios por primera vez empezaron a recorrer el contorno de tu sujetador; mis manos buscaron el resorte para liberarte de ellos, y con un movimiento rápido tus pechos quedaron al aire.
Te gire rápidamente y te senté en la cama. Me arrodillé físicamente ante ti, y bese tus pechos. Los acariciaba, los besaba, te miraba, nos mirábamos.
Que suerte que te cruzaras por mi camino. Olvidé todo lo demás. Y empecé a caminar contigo.
Y por primera vez, hicimos el amor. Una, dos y tres y varias veces…Y por primera vez nada se interpuso entre nuestros cuerpos. Piel con piel. Dos cuerpos entrelazados por algo más hermoso que una piel. El aire sabia a veneno cuando no estaban mis labios en los tuyos.
“-Soy gorda, ¿eh?, te aplastaré”… Te gustaba bromear en cualquier ocasión. Desprendías ese encanto de los seres que tienen ángel en sus venas. Y yo tan solo podía pedir, desear, suplicar que esta noche no terminara jamás.
“-Cuantas veces había soñado con esto, cariño”
“-¿Ah si?, preguntaste sabiendo ya la respuesta…
Me encantó el estar tumbados en una cama, los dos, recostados mirándonos, hablando, dejando que nuestras manos recorrieran nuestros cuerpos…Tus ojos brillaban tanto que la intensidad de su mirada iluminaba toda la estancia…
“-Te quiero”…
Tu tan solo sonreíste, una vez más…
Se que no lo soñé, porque llevo tu aroma conmigo. Se que no lo soñé porque recuerdo cada uno de los besos que te di. Se que eres un sueño, porque eres demasiado mágica para ser real.
Pero se que quiero soñar contigo, vivir dentro de ese sueño, y pensar que el mundo será como nosotros queramos que sea.
Si tengo que despertar, me quedará el recuerdo de una noche. Pero si tengo que seguir soñando, sabré que no hay droga más dura que el roce de tu piel.
Lwrence


LLorenç Estella Selva dijo
A veces, discernir la frontera entre el sueño o la realidad, es tan solo una cuestion de punto de vista....no hay que soñar la vida...hay que vivir los sueños
26 Abril 2011 | 05:41 PM